La tercer cara de la moneda


Por los años en donde el viento de la madrugada despertaba a los habitantes de esta tierra, existía una civilación en armonía completa con ella, esto desencadenaba una reacción de ciclos infinitos. Si bien extraían materiales preciosos del interior de su tierra, ofrecían un lugar en el ciclo. De la misma manera que la fauna y flora, ellos crecían, prosperaban y morían. Su tecnología consistía en la inteligencia, su moneda de cambio el trueque, su medio de transporte la imitación de la fauna y su cultura la observación.

El estilo de vida de esta civilización otorgaba frondosas vegetaciones y explotación de los mantos acuíferos de su tierra. La comida jamás escaciaba, pues el tiempo sabía otorgarles frutos de temporada y alternativas completas.

Su dominio no tenía inicio ni un final. Sus pies recorrían largas distancias en dos o tres ciclos lunares. El cielo les indicaba su proceder, sus leyes las daba la naturaleza, jamás el propio humano. La codicia no existía, el poder lo obtenían por el paso inexorable del tiempo, los años formaban experiencia, la juventud otorgaba la fuerza, el hombre la protección, la mujer la prosperación, los niños la alegría, los ancianos la sabiduría y los mayores el aprendizaje.

Pero el ciclo de la vida termina por alterarse en un punto aleatorio. Así como en un año existen estaciones por la ubicación planetaria, así la humanidad muda de etapa.

Aquellos días de armonía permanecían a la sabiduría de la vejez, en donde no se requiere mucho para vivir, ahora vivimos la etapa de la muerte, donde todo debe morir y descomponerse para su renacimiento consecutivo.

Este … Se convierte en la tercer cara de la moneda, la unión de las caras palpables pero en la que sin ella no podría rodar para trasladarse.

Javier ‘-,,-‘ Toledo

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