Nací condenado al precipicio, donde se pierden las humanas galas. Soy sin duda autómata del vicio, y mi destino es fatal ave sin alas. Quién cuando me muera, llevará a mi sepulcro una flor, si he de morir como vivo, sin ventura y sin amor. Quien dolorido a mi tumba, irá su llanto a verter. Si vivo nadie me ah querido, muerto quien me ah de querer. Y cuando yo haya muerto, no me lloren a gritos; no se vistan de negro, ni me alumbren con cirios; ni sometan a fúnebres honras mi frígido cuerpo; ni tampoco me esculpan en mármol epitafios que yo no merezco. Quiero sólo una lágrima, que nacida en el pecho, humedezca los ojos, de un amigo sincero. Y brote un suspiro, más liviano que el céfiro, de alguna que se duele en secreto y después un pedazo de tierra, una cruz y por Dios, un recuerdo.
Estrofas de autor anónimo, parte de una canción de Alvaro Carrillo








Los dioses, por insignificantes que parezcan, son siempre para el hombre la representación de un poder superior. Y así como los enamorados cuentan que al ir por los bosques graban en la corteza de los árboles el nombre de su amada, a quien buscan y no encuentran, así el hombre escribe en esos ídolos el nombre de alguna cualidad de ese Dios, al cual, ofuscado por las pasiones, no ah podido encontrar. 


























































































































